William Ross es uno de los orquestadores más prestigiosos de Hollywood. En su haber hay cerca de 100 scores instrumentados y arreglados, destacando Beetlejuice (Elfman), The bodyguard (Silvestri) y Mousehunt (Silvestri). De hecho, es el principal orquestador de Alan Silvestri desde Dutch.
Como compositor ha escrito unas 30 bandas sonoras y aunque prácticamente ninguna ha tenido una excesiva repercusión (salvo quizás Harry Potter and the Chamber of secrets y Ladder 49), sí puede afirmarse que su filmografía no carece de interés.
Una de sus creaciones más notables pertenece a la irregular película de temática deportiva Tin Cup. Ross parte de un tema central, que da título al filme, y que muestra su pasión por la instrumentación poderosa en la que la gran orquesta brilla con todo su esplendor. Los siguientes cortes continúan en esta línea de sinfonismo más o menos clásico, pero con algunas dosis de música blues y folk que se deslindan de dicho comienzo espectacular.
Es pues un score estructurado en dos partes claramente diferenciadas, que revelan el entusiasmo de un autor que permanece aún en un inmerecido segundo plano dentro del mundo del cine norteamericano.
William Ross ha cimentado su carrera sobre todo como orquestador, empezando en 1987 con Lethal weapon de Michael Kamen, uno de los mejores scores de acción de todos los tiempos, y siguiendo con posterioridad con bandas sonoras tan remarcables en sus arreglos como Robin Hood, prince of thieves, Forrest Gump, Mousehunt o Harry Potter and the chamber of secrets.
Pero aparte de dicha labor, Ross también ha compuesto para la gran pantalla magníficas partituras que, aunque parecen esconderse tras los grandes autores del momento, merecen un lugar destacado en la historia reciente de la música cinematográfica. Hablo de bandas sonoras como The amazing panda adventure, Tin Cup, The tale of Despereaux o la presente My dog Skip. En esta última el músico norteamericano hace gala de un estilo puro y sensible que se apoya en un tema principal realmente memorable, típico quizás en su empleo melódico de un piano melancólico, pero acertado por su sentido elegante del subrayado musical. Es un trabajo, en definitiva, reconfortante para el oyente y muy recomendable por su delicadez.