Nueva visita del compositor canadiense Howard Shore al territorio fantástico de Tolkien, El Señor de los Anillos: Las Dos Torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, 2002) es el segundo escalón en la que se perfila como sinfonía cinematográfica en seis partes definitiva. En un momento especialmente fructífero de su carrera (principios del nuevo siglo) en el que Shore compuso scores de la importancia de La celda, La habitación del pánico o Gangs of New York (aparte de La Comunidad del Anillo), Las Dos Torres no es tan sólo una mera continuación de su predecesora, un mero juego orquestal de arreglos basados en una temática anterior; es una creación con una vida propia cuya principal virtud es su coherencia melódica de grandiosas proporciones. En este segundo capítulo de la obra maestra de Tolkien nos encontramos con una Comunidad disuelta por las fuerzas del mal que se enfrenta a los interminables peligros de la Tierra Media. Orcos, elfos, enanos, humanos, hobbits, enanos, magos y seres de todo tipo se enfrentan y se alían en una narración, literaria, cinematográfica y musical, que en esta ocasión se centra en lo bélico, pero sin obviar el trasfondo profundamente melodramático de las relaciones entre personajes. Así, Shore dibuja un score de inusual contenido trágico, apoyándose en una instrumentación prosopopéyica que alcanza su cúspide con los momentos protagonizados por los coros, símbolos tanto del bien como del mal, auspicio en el fondo de un futuro incierto pero esperanzado.
Desde The brood en 1979 hasta Eastern promises en 2007, los canadienses Howard Shore y David Cronenberg han mantenido una de las relaciones artísticas más fluidas e inspiradores del séptimo arte. Tan solo The dead zone (1983), en la que Michael Kamen compuso el score, supuso una breve ruptura en dicha cooperación.
La singularidad de Cronenberg radica en su estilo alejado de todo academicismo, potenciando el lado más perturbador de las relaciones humanas, bien desde lo fantástico, bien desde lo realista. Y no cabe duda de que el mejor músico para penetrar en un universo lleno de claroscuros es su compatriota Howard Shore.
En Dead ringers (Inseparables), Shore compone una partitura que evita la ampulosidad de la anterior The fly para centrarse en unos ritmos mucho más pausados que parecen buscar los recovecos más recónditos de la psicología de los dos hermanos protagonistas. El argumento de la película, tenebroso y de una sutilidad a prueba de superficialidades, permite al artista canadiense subrayar el componente interior del ser humano mediante melodías alejadas de lo retórico, en las que la fragilidad se respira en cada instante. Es de destacar el tema Finale, uno de los más bellos y delicados de toda la filmografía de Howard Shore.
Aunque la filmografía del compositor canadiense Howard Shore suele decantarse por las producciones destinadas a un público adulto, en ocasiones, escasas en realidad, se ha adentrado en el mundo del cine familiar. Basta citar como ejemplos más significativos Mrs. Doubdtfire, The last Mimzy y, sobre todo, Big. La popular película de Penny Marshall supuso el espaldarazo definitivo del actor Tom Hanks, quien gracias a su conmovedora interpretación consiguió que la historia de un niño despertado de la noche a la mañana como hombre sedujera a medio mundo.
La partitura de Shore se centra en el lado más sentimental de la historia, casi bordeando lo excesivamente edulcorado, pero saliendo airoso de la aventura gracias a su indudable temperamento como autor.
Su extenso epílogo, Goodbye and Ed titles, es el tema más representativo de la banda sonora, y en él se dan cita los momentos más apasionantes y lúcidos, representados en una melodía que toma al piano como actor principal secundado por una sección de cuerda que retrata con delicadeza el universo infantil. El resto es una sucesión temática que va desde lo misterioso (Zoltar) hasta lo más lúdico (Toy store walking piano), en un conjunto que hará las delicias de aquellos que busquen el lado más tierno de la música de cine.
Cada cierto tiempo, el mundo de la música cinematográfica lega al arte una obra maestra digna de perdurar para siempre. Cada cierto tiempo, un músico destapa las esencias de la belleza y nos regala con su don una obra de envidiable sensibilidad.Howard Shore parecía esperar entre bastidores hasta la llegada de una oportunidad que le permitiera mostrar todo su inagotable talento. En 2001 publicó The fellowship of the Ring, a la que seguirían The Two Towers y The return of the king (El retorno del rey), configurando una trilogía sinfónica sobre The Lord of the Rings (El Señor de los Anillos) de más de 10 horas de impresionante color melódico.
Destacar un único tema de entre la gran variedad que conforma el score completo es siempre aventurado, pero una vez inmersos en la tarea sobresale uno, subjetivamente tratado, que es The crackof doom, pasaje incidental de la tercera parte pleno de fuerza y modelo de orquestación. Un hito en la historia de la música contemporánea.
El score de Howard Shore para la magnífica película de Martin Scorsese The aviator (El aviador), es una pieza musical en la que el compositor canadiense despliega todo su poderoso talento como orquestador, ofreciendo una obra sinfónica digna de permanecer por méritos propios en la historia de la música clásica contemporánea. Desde el tema central que abre el disco, Icarus, al más puro estilo decimonónico, pasando por el virtuosismo de Hollywood 1927, Shore recrea con inusitada energía un mundo de pasiones y ambición, fiel reflejo de una época llena de luces y sombras.
Obra compleja e inusual en estos tiempos de superficialidad artística, The aviator se configura como una prueba más del genio de un estupendo compositor que combina como pocos lo académico con lo innovador.