Desde 1998 con el telefilme At the end of the day hasta la serie Sanctuary, el músico canadiense Andrew Lockington se ha abierto paso con firmeza entre los innumerables e incipientes compositores cinematográficos y televisivos que invaden salas y hogares de medio mundo. Scores como Journey to the Center of the Earth o Skinwalkers nos muestran a un joven autor (36 años) de sólida formación que hace gala de un estilo abiertamente sinfónico que, pese a su carencia de innovación, se merece todos los aplausos por su ímpetu clásico.
Su banda sonora más importante hasta la fecha es City of Ember (City of Ember: En busca de la luz), ambicioso proyecto producido por Tom Hanks y basado en la primera novela de la tetralogía escrita por Jeanne Duprau, y que hace dos años constituyó un sonoro, y en cierto modo injusto, fracaso comercial. La partitura de Lockington, muy eficiente y de refrescante espectacularidad, se abre con un Main title (archivo de audio) que sirve de motivo central y que describe, con atinado sentido de lo enfático, una aventura que mezcla hábilmente lo fantástico y lo realista. Dicho letimotiv abre paso a una sucesión temática que refuerza el tono épico del conjunto y que no esconde su gratificante vehemencia.
Andrew Lockington, canadiense de tan sólo 36 años, es un autor no demasiado reconocido en el mundo de la música cinematográfica, pues su trayectoria no supera las 20 bandas sonoras, 10 de ellas para la gran pantalla. Además, dichos trabajos se han caracterizado hasta la fecha, salvo la espectacular City of Ember, por su simplicidad y aparente carencia de medios.
Para Journey to the center of the Earth (Viaje el centro de la Tierra), una de las últimas películas protagonizadas por Brendan Fraser, Lockington sorprende a propios y extraños gracias a un score de refrescante clasicismo que demuestra que el músico norteamericano tiene su lugar en el cerrado grupo de los compositores de cine. Es una obra, en definitiva, recomendable no por su originalidad sino por su tono alegre y hasta desenfadado, a años luz de las atonalidades del clásico de 1959 de Bernard Herrmann, pero con la sufiente personalidad como para considerarla una obra de carácter.